Tres Palabras
01 diciembre, 2011
El Viaje
27 agosto, 2010
Roja Lluvia
07 marzo, 2010
Tu Vestido Morado
Los del apartamento de arriba empiezan a reclamar por la música haciendo ruidos en mi techo, le bajas un poco, te sonrojas y por un segundo, en el que te quedas quieta, miro tu pelo frenético cayendo sobre tu vestido morado, tus cachetes sonrojados te dan un aire inocente, vulnerable, mientras te acercas a mí con esa cara implacable, quieres mas.
Estoy cansado y te doy la espalda, te paras sobre la cama y me volteas para que te mire de nuevo. Me dominas y ahora no soy más que tu esclavo, me besas y te vuelves a parar. Bajas lentamente la cremallera de tu vestido morado y al son de una balada romántica que calienta el ambiente, te lo quitas suavemente y lo pones a un lado de la cama junto al resto de ropa que hace unas horas nos quitamos.
Sabes lo que quieres y lo que quiero. Nuestros cuerpos se vuelven a mezclar al ritmo de tu música, al ritmo del sudor que sale por tu piel y que escurre suspicaz, pícaro por tu cuerpo junto con mis labios. Conoces mi cuerpo tanto como yo conozco el tuyo, bailamos en la cama, acariciándonos y sintiendo un poco de la lujuria que exacerba el vino. Coges tu vestido morado, me arropas con él, me tapas los ojos, me amarras a la cama y sabes que solo vivo por ti, mientras el calor aumenta y me lo quitas de los ojos para que te pueda mirar fijamente.
Los ojos se cierran, la música se acaba, el baile termina y estamos tú y yo tirados de nuevo sobre la cama y cubiertos por tu vestido morado.
Despertar
Ya no estamos en el concierto, ya no hay gente a nuestro alrededor, ya no hay ni el más mínimo ruido, pero si seguimos estando los dos más juntos que nunca. Los besos al compas de tus manos nos llevan a lo que iniciamos hace unas horas y sin la desesperación de quitar la ropa empieza de nuevo a poseernos la lujuria.
13 octubre, 2009
Amor de Fin de Semana (Quizás)
La luz de la Luna llena, que se centra en el estrellado cielo de la capital, se refleja sobre tu rostro, quizás angelical, quizás lujurioso, quizás tuyo, quizás mío. Hoy es nuestra última noche y pese al frío que nos rodea, nuestros cuerpos están calientes y juntos en tu balcón.
Se respira amor y nostalgia. El sentimiento de quizás nunca volverte a ver, de que en mi futuro solo seas mi pasado, de que nunca más mi sudor y el tuyo sean el nuestro sobre tu cama y el de no volver a sentir tu corazón acelerado sobre mi pecho en medio del más profundo éxtasis.
No hay dudas de que hay algo en ti que simplemente me enloquece, que me llena la cabeza de deseos, de benevolencia, de amor. Lo supe desde la primera vez que te vi y lo afirmé desde que sentí la suavidad de tu piel y lo seductor de tu aroma, desde que sentí tu primer beso y tus caricias sobre mi cuerpo, desde que sentí tus labios sobre mi piel y tu piel bajo los míos.
Mis pensamientos se apoderan del silencio y solo intento explicar que me amarra a ti. Me concentro un poco en tus ojos cerrados, en tu cuerpo junto al mío. Recuerdo nuestra conversación y tu promesa de volver el 3 de noviembre para celebrar mi cumpleaños como se debe, bailando en un eterno abrazo, Mad as Rabbits. Recuerdo tus ojos llenos de ilusión y mi mente perdida en ellos como ahora lo están cuando los acabas de abrir.
Las caricias vuelven y tus ojos no paran de enfocarme, de pedirme más de lo que nunca más tendremos. Poco a poco tus caricias aumentan, mi búsqueda se vuelve efímera y solo quiero volver a amarte.
El calor en compañía de un lujurioso amor se apoderan del ambiente, tus caricias tiernas se pierden y mientras tu cintura vigorosa me cabalga, tus uñas se clavan sobre mi espalda y ahora un poco de mi se confunde con nuestro sudor. Te miro, solo te miro, mientras dejas tus marcas en mi piel, mientras tu pelo se humedece y un pequeño corazón yace inmóvil sobre mi espalda, en cambio el tuyo no para de latir eufóricamente sobre el mío.
El tiempo pasa fugaz cuando el amor se expresa, cuando se quiere decir te amo con algo más que una suave caricia, cuando mi corazón late por ti como un toro encerrado, furioso, eufórico, esperando, o quizás no, el momento de la liberación, del éxtasis total, seguido de calma, de caricias suaves, besos regados sobre el otro, mientras los ojos, mis ojos, se posan de nuevo sobre los tuyos y poco a poco ya tu rostro no es iluminado por la Luna llena sino por el Sol saliente que se asoma por los cerros.
Ya no hay ruido, no hay movimiento, solo se respira amor en su máxima y más pura expresión. Los ojos se cierran y solo se quiere olvidar, por unos segundos, que en pocas horas te vas, que quizás nunca regresaras, que nunca vuelva a expresarte amor, mi amor de fin de semana.
29 agosto, 2009
¿Estas enamorado?
Estábamos en el Café y, como confirme en mi reloj, eran las 8. La mesera nos miraba con recelo y bronca (solo pedimos dos tintos en tres horas), el Café estaba lleno, no escuchaba tu voz y decidimos irnos, quizás para escucharte, quizás para recordar ese divino olor que me atrajo a ti.
Solo fue hace tres horas, pasaba por el Café cuando una suave brisa llena del olor más suave, penetrante e inexplicable se posó en mí. Miré adentro de ese burdo lugar y mi nariz me indico de quien provenía el olor.
Ahí estabas tú, sola, peleando con la mesera, la misma que ahora despide. Me acerqué, como nunca suelo hacerlo, te saludé como si nos conociéramos de una vida entera y la mesera se alejó solo para devolverse minutos después con el propósito de recibir nuestro único pedido.
Al principio fueron agradecimientos, miradas y encontrar algo en lo que coincidiéramos. El amor, gran tema, a veces para llorar, a veces para renacer, hoy fue lo segundo. Me contaste tus historias, tus romances, tus aventuras que opacaron con la suavidad de tus labios a mis sufrimientos.
Salgo de mi momentáneo recuerdo, estamos en un hermoso parque, el sol se ocultó ya hace un par de horas y el espectáculo ahora lo constituyen las estrellas. Noto el brillo de tus ojos y el momento de silencio más hermoso que he vivido se nos muestra. No pasa nada más en este mundo, o quizás todo está pasando en este instante. Tu mirada, tus ojos, tu iris azul y tu alma revelada ante mí en tu pupila. Somos el momento, sin ofensas al pasado ni pretensiones al futuro, solo el inevitable, constante y único presente en el que vivimos.
Aunque durante nuestro encuentro me habías preguntado varias veces “¿Estás enamorado?”, en este momento supe la verdadera intensión de tu pregunta, la propuesta escondida, el amor revelado y la alegría latente. Vuelvo al inicio de esta historia, despierto del sueño eterno de tus ojos, salgo de ese azul profundo, las palabras se forman en mi mente y un “Sí” sale por mis labios.
15 julio, 2009
Un adiós de cuerpos cercanos
Muchas veces las cosas que más quieres se van, simplemente, sin aviso y justo cuando más crees necesitarlas, todo para hacerte más fuerte. Unas palabras se clavan en mi mente, me hacen recordar quién es mi Dios y refuerzan mis creencias, “el mundo es de los que saben pararse, no de los que nunca se caen”. Las cosas no suceden aleatoriamente y creo que el Universo puso a quien me dijo esto, en este preciso momento porque lo necesitaba, necesitaba refrescar la mente y creer en el presente, gracias Germán.
El ocaso ahora es melancólico y la alborada inalcanzable cuando en la profundidad de la noche tu recuerdo no se aparta de mí. Hoy nos vimos, nos escondimos, te salude en la distancia, una gran sonrisa se expandió súbita e inevitable por tus labios y el dulce néctar de estos brilló sobre toda la clase. Creí estar a tu lado, solos, reviví muchos amaneceres, atardeceres y ese pequeño cosquilleo se aferro a mi estómago disipando el hambre material y despertando las ganas de felicidad corporal.
Mis sentimientos rigen mi vida, mis pasos, mi despertar, pero muchas veces, desafortunadamente, son influenciados por personas, por ideales ajenos, por drogas, que hacen que ese Mr. Hide, que todos tenemos, realice lo que no se quiere, cosas que hacen que en el ahora no estés a mi lado.
Aprendo que la vida está en el presente, no en el futuro, no en el pasado y decido escapar de aquí, de ti, decir este adiós de cuerpos cercanos y concentrarme en el amor de mi vida, en ese que me hace comprender mis locuras, pasar por muchas más, el único que puede sacarte de mi mente. El que me hace despertar, madrugar, trasnochar y vivir este presente intenso a cada segundo, sabiendo que en mi futuro siempre estará a mi lado, entonces saco mi Anatomía de Gray.
23 junio, 2009
La Extraña
Era una pesadilla, pienso, con la respiración agitada y mi mamá, que aunque está manejando, mirándome fijamente.
Es la tercera en esta semana y cada vez se ponen peor. Trato de olvidarla y me concentro en el paisaje nocturno, es difícil, las pesadillas se fijan en mí y no se desprenden, pero cosas curiosas pasan a mi alrededor. Hay un gran árbol, el clima es fuerte, todavía no llueve pero se ve, por los rayos en el distante cielo y la aplastante brisa, que esto es algo inminente.
Me fijo en el árbol, la brisa lo golpea. Sus hojas vuelan por doquier, su tronco se inclina, partes de su corteza se desprenden perdiéndose en la inmensidad del valle y pese a todo este se mantiene aferrado al suelo, a la vida.
La lluvia empieza a caer, y el limpiaparabrisas está al máximo. Ahora no podemos escapar de la tormenta.
Recuerdo mi pesadilla y esta se fija otra vez en mí. Siempre son diferentes pero cada vez más aterradoras, como si atacaran apropósito justamente lo que más deseo con lo que más me atemoriza y desafortunadamente, para mi racionalidad, el fondo de estas es constante: una fuerte tormenta, justo como la que tengo al frente.
No sé donde estoy, si viviendo una realidad o simplemente en otro sueño o peor otra pesadilla. El clima empeora y nos obliga a parar en un viejo almacén a la orilla de la carretera. Entramos forzosamente y una mujer, que se encuentra del otro lado de la vitrina, nos mira fijamente. Su cabello liso y castaño, sus ojos claros, su suave piel morena, su rostro pecador y su delgada contextura me obligan a mirarla con deseo. Por un momento ella me hace olvidar de mis pesadillas.
Tenemos una corta charla, y luego de un café, mi mamá duerme en el sofá, con el único deseo de que la lluvia pase pronto, algo improbable si se mira por la ventana. Sólo quedamos la mujer y yo. Nos miramos y aunque poco o nada la conozco acepto su invitación a seguir tratando de no despertar a mamá.
Hablamos, conocí un poco de su historia y ella un poco de la mía, suficiente para ir a otro nivel. Una hora después estaba acostado mirando el techo colonial de su cuarto, mientras la mujer, recostada sobre mi desnudo pecho, me mira deseando un poco más de lo que acabábamos de tener.
Escucho mi alrededor y ya no está ese molesto ruido de las gotas chocando contra el techo. Es hora de irme. Salgo del cuarto, despierto a mi mamá y con una agradecida despedida de ella, nos vamos. Ahora estamos otra vez camino a no-sé-donde, aunque en mi mente ya no existen más pesadillas, más temores, sólo está ella, la extraña, mirándome y pidiéndome un rato más en su cama.